Historia de una llegada

Publicado: 21 julio, 2011 en Kiev

No hay historias sin principios, y ésta no iba a ser menos. Debido a mi pasotismo clínicamente probado y a la falta total de preparación del viaje, no compré el billete para ir a Madrid hasta el día anterior al vuelo. Obviamente trenes ya no quedaban, y los pocos autobuses que había o llegaban demasiado pronto (¡a las 6:30 de la mañana!) o demasiado justo (en Barajas 1 hora y media antes del vuelo).  Rebuscando entre los distintos buses que había, rescaté a mi gozo del pozo y encontré un autobús de primera clase que me dejaba 4 horas antes en Madrid. No me quedaba otra.

Sábado 16 de julio. A eso de las 8 de la mañana, monóculo en ristre y sintiéndome como un señor, salgo en dirección a Madrid en un autobús con azafata, varias pantallas, asientos ergonómicos y dos servicios de desayuno (!). ¡Qué bien pintaba el día! Todo iba genial hasta que llevábamos 2 horas de recorrido más o menos. Fue ahí cuando empezó una serie de catastróficas desdichas: Mucho autobús de primera clase pero nos pusieron “Los Viajes de Gulliver“. Correcto, la de Jack Black. Sudoroso, y revolcándome en el asiento, decido que ha llegado la hora de ponerme música y dormir, para poder pensar después que todo ha sido un mal sueño.  Tal era mi empeño que ni el albaceteño cerrado que tenía detrás gritando por el móvil pudo impedir que consiguiera mi objetivo.

Dada la comodidad de los asientos, caí rendido enseguida, y por tanto el viaje acabó pronto. Ya en Barajas un McFlurry decidió amenizarme la espera, a lo cual no pude negarme. No sé cuántos vuelos llevo ya a mis espaldas, pero iba a ser éste el día en que cometería un error de principiante. Debido a la inmensidad de la T4 llegué un poco justo a los detectores de metales y yo, conocedor ya de todo aquello que hace pitar, empiezo el ritual de empezar a quitarme cosas, etc… El error fue dejar la tarjeta de embarque sobre la mesa de las bandejas, mientras sacaba la cámara, el ordenador, me quitaba el cinturón… Cuando me vine a dar cuenta, la tarjeta de embarque había desaparecido tan rápido como el billete de Fidel Castro en los Simpsons. “Copón, copín y copete, que ya no vuelo, que se acabó lo de dar clases de español en Ucrania, que voy a llegar en Nochebuena, que…“. Tales pensamientos y otros miles fluían por mi cabeza al mismo ritmo que sudores fríos salían de ella. De pronto, se abre el telón, se activa la música principal de Benny Hill y se me ve a mí corriendo con mi enorme equipaje de mano y el cinturón colgando a través de la T4 en busca de otra tarjeta de embarque. Con ella en mi poder, emprendo el camino de vuelta con la música todavía sonando, y entonces se cierra el telón. Lo que ocurre es que en esta segunda tarjeta no me habían pegado el papelito blanco/verde con el código del equipaje facturado. “No te preocupes si no te lo han puesto” me dicen, “es sólo para poder seguir tu equipaje en caso de pérdida.” Bah, eso no me iba a pasar. Ay.

El avión debía salir a las 16:45, pero nooo, aquella era la solución fácil. Para poder continuar con las desdichas, nos informaron por megafonía que el avión saldría una hora más tarde, a las 17:45, por “causas de tráfico aéreo“. “Joder, el avión a Kiev es el único que causa molestias al tráfico aéreo” pensé, pues no dijeron nada del resto de vuelos, que no son pocos. Iluso de mí, me lo creí. No me hacía mucha gracia, ya no por el retraso en sí, sino porque quedé con la escuela de allí en que me recogerían, y yo ya me estaba imaginando al pobre hombre con un cartel con mi nombre esperandome una hora entera. Ojala hubiera sido una hora.

A las 17:15 nos metieron en el avión, supongo que para que pilláramos la postura, porque el piloto no arrancó hasta una hora después. Después de haberme aprendido todas las palabras en cirílico de memoria, ¡por fin salimos en dirección a Kiev!

Como siempre, me tocó delante una mujer perteneciente a ese 10-20% de pasajeros que echan el asiento para atrás, no importa que tus rodillas ya estén de por sí tocando su asiento, o que estés merendando tranquilamente sobre la bandeja.

Tras 4 horas (¡lo mismo que de Murcia a Madrid!) llegamos a la capital ucraniana. La última vez que llegué el termómetro marcaba -7ºC. Esta vez eran 24ºC, demasiado teniendo en cuenta que eran sobre las 22:30. Pensé en el pobre hombre que llevaba esperándome desde las 21. Y peor que me iba a sentir por él en los siguientes minutos. En el control de pasaportes, una mujer que no se creía que la diferencia entre la foto del pasaporte y mi cara era un mero corte de pelo me entretenía con absurdas preguntas. “¿Qué vienes a hacer aquí? ¿dónde te vas a alojar? ¿cuándo te largas? ¿por qué vas a estar tanto tiempo?“. Me puso el feo sello y me fui a las cintas de equipaje que ya estaban moviéndose. Primera vuelta y ni rastro de mi mochila. Bah, suele pasar. Segunda vuelta. Tercera. Décima. Un grupo de 8-9 tontos nos quedamos mirando, pues eso, como tontos a la cinta cuando ésta se detiene. Y yo sin el papelito en mi tarjeta de embarque con el código de facturación, genial. A todo esto, eras las 23:00, el hombre que me esperaba debía de haberse ido.

Como es de esperar, en Kiev Borispil nadie habla inglés, así que con la ayuda de una ucraniana que se había quedado también sin equipaje y sabía inglés y español nos quejamos a uno de los vigilantes de por allí. Formulario al canto que hay que rellenar. Nos dan un papelito donde tenemos que poner entre otras cosas, el código de facturación del equipaje (¡sí, ése que estaba en el papel que yo no tenía!), y la dirección en la que nos íbamos a alojar. Fue entonces cuando caí en que no tenía ni idea de dónde iba a vivir estas 6 semanas. Y en que no tenía el teléfono de la escuela para llamar. Salgo corriendo entonces a ver si el “pobre hombre” me estaba esperando y, efectivamente, ahí estaba, guardando la compostura y con cara de no importarle llevar más de dos horas de pie con un cartelito. Le pido perdón, le cuento lo ocurrido, y le pregunto por la dirección a la que me va a llevar. Me doy cuenta entonces de que dice que sí a todo porque no entiende ni papa. Así que sorprendentemente me acuerdo de que dirección en ruso se dice “adriese” y consigo que me la escriba en cirílico.

Por no alargar mucho más la cosa diré que aún estuve 2 horas más allí, con papeleos. Que si ahora relléname éste, que si tienes que hacer 2 copias más, que si ahora vete a este departamento y que te lo sellen, para después volver aquí (previo paso por la cola, por supuesto) y te preguntamos por código de facturación (“¡ah no, que no tienes!“). Finalmente me dan un papelito, y me dicen que me llamarán, pero al ver que mi número de teléfono es español me dicen que necesito darles un número de teléfono ucraniano. Venga hombre, ni que todos tuviéramos un amigo en Ucrania. Les digo que no conozco a nadie en Kiev, pero me contestan con un simple “tú consiguete un número ucraniano”. Con un cansancio y una mala hostia impresionante me voy de allí y por fin dejo que el “pobre hombre” cumpla su misión de llevarme a mi nuevo apartamento. 4 horas después de lo esperado.

Pobre hombre” conducía pisando la raya de en medio, saltándose semáforos y al principio, sin luces. Además estaba empeñado en hablarme a pesar de que ni él sabía inglés, ni yo ruso/ucraniano. Por cierto, los españoles no somos los únicos que gritamos cuando queremos hacernos entender. Así que entre los gritos, el modo de conducir, el verme despojado de todas mis pertenencias, y lo oscura y tétrica que es Kiev de noche, yo me estaba acojonando. Nos bajamos en una especie de jardincillo totalmente oscuro con borrachuzos deambulando, y nos dirigimos a un bloque de edificios que se cae a pedazos. Al abrir la puerta del edificio me entra un olor a granja, y el interior me deja helado: todo es de un color gris mugriento, con luces intermitentes y el suelo lleno de papeles y demás mierda. El caso es que llegamos al piso y por dentro no está nada mal, el exterior del edificio engaña bastante. Más tarde entendería que esto es así en casi todos los casos, pues algo parecido me pasó en Donets’k.

Eran las 2 de la mañana. La luz del piso no funcionaba, no tenía equipaje, el agua del grifo no es potable y en el frigorífico no había, no sabía ni en qué parte de Kiev estaba, tampoco tenía mapas, ni dinero pues no había cambiado mis euros por grivnas todavía (y al día siguiente era domingo), ni teléfonos a los que llamar y a mi móvil le quedaban 2 rayas de batería. Me acosté con el pensamiento de “no dejes para hoy lo que puedas hacer mañana“.

Bienvenidos/as a Київ.

Curiosidad del día: En Ucrania si eres mujer no puedes ser piloto. Sólo los hombres pueden serlo. Supongo que para igualar ésto, tampoco los hombres pueden ser azafat@s. Únicamente las mujeres pueden serlo.

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comentarios
  1. aiari dice:

    Por favor, creo que has batido los records de cualquier viajero, y como tu dices, menos mal que tienes experiencia en el asunto… no te podía haber pasado nada más verdad? :S

    Lo de la señora que se echa para atrás en el avión, siempre le pasa a mi novio (mide 1,85) y lo de la sensación de que las casas por fuera dan miedo y por dentro están chulas también me pasó con algunas en algún barrio poco deseable de Helsinki xD

    Seguiré tus historiasi encantada 🙂

  2. Ner Bs dice:

    Wow… no sé si me gustaría o no verme en esa situación. Aún me da un poquito de miedo lo de viajar a mi suerte, aunque lo creas o no, me atrae la idea. Pero… buf. Maldito Murphy.

    PD: Piensa que todo es productivo, hasta este tipo de cosas. Siempre tendrás algo que contar 🙂 jaja

    Que tengas mejor suerte y disfrutes mucho mucho ^^ Me pasaré a leer tus a(des)venturas.
    Un beso

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