(Sí amigos, éste es el acogedor portal de mi casa)

La segunda semana tampoco es que comenzara muy bien. Casualidades de la vida, las dos últimas bolsas de leche que compré estaban rancias, pero como yo soy un amante de la leche fría ártica y antártica, no noté el sabor rancio hasta bien tragado un hermoso bol para cenar. Obviamente ésto tiene unas consecuencias digestivas que ya quisiera José Coronado, por lo que tras una memorable noche de lunes tiré la primera bolsa. Ídem me pasó con la segunda bolsa de leche para desayunar, por lo que la fiesta del lunes continuó hasta la mañana del martes. No he vuelto a comprar leche en bolsa desde entonces.

Otro curioso fenómeno que empezó entonces es el ritual de la lluvia, y es que todas las noches, todas, a partir de cierta hora empezaba a llover. Eso sí, seguía haciendo un calor del recopetín. El primer día, con una lluvia de tan sólo 15 minutos provocó un apagón general en todo el barrio que no se solucionó hasta ¡3 horas! después. Esto significó llegar  casa mojado, no poder ducharse, cenar a tientas adivinando lo que comes, abanicarse a mano por no funcionar el ventilador y rezar para que no se echara a perder la nueva leche (en botella) que acababa de comprar. Sin nada que hacer, nadie con quien hablar, y sintiendo que estaba viviendo en una cueva, me acuesto a las 22:00 (no recuerdo cuándo fue la última vez que me acosté tan pronto).

El lunes pregunté a la secretaria de jefazo si iba a empezar ese día con las clases de español. Su respuesta fue: “Lo cierto es que no es que no haya muchos estudiantes de español, es que no tenemos ninguno. Lo más seguro es que empieces en agosto. Así que no, no tienes clases, disfruta de tu tiempo, ya te avisaremos” ¡No todo iba a ser tan malo! ¡Otra semana más en Kiev de gratis!

A partir de entonces, y ya iba siendo hora, todo empezó a ir a mejor. Llegó un nuevo alumno a nuestra clase de ruso, Daniel, alemán, con el que me empecé a llevar bien. Ídem con Can, turco. Y más tarde conseguí convencer a 3 chicas, que estaban haciendo el mismo programa que yo, de que se vinieran a Odessa un fin de semana (no pensemos mal, que chicos no quisieron venirse ninguno). Súper contento de mi recién adquirida suerte (debe ser que con lo de la leche purifiqué mi karma o qué se yo) nos fuimos a comprar los billetes de tren.

Pero no iba a ser tan fácil. El primer problema fue un fallo táctico. Brandon me oyó decir lo de Odessa, y en vez de preguntarnos si se podía unir, decidió que lo mejor era seguirnos hasta la estación. El camino (media hora) fue toda una épica batalla estratégica y dialectal, llena de indirectas, dobles sentidos y sarcasmo a tutiplén. Pero Brandon es bueno en ésto: no se dió por aludido en ningún momento. Encima repitió como 6 ó 7 veces por el camino que no llevaba dinero encima, y que tendría que volver al día siguiente, como dejando caer que le pagáramos su parte. Ya en la estación conseguimos quitárnoslo de encima, gracias a la infalible técnica del “make yourself the Swedish“, de la que soy fan y en la que soy bueno, muy bueno.

La estación de tren de Kiev es muy bonica ella, me recuerda incluso a la de Nueva York. Pero como ocurre con la ciudad, a pesar de su belleza la gente no es tan agradable. Tras representar soberbiamente la escena de ir en ventanilla en ventanilla de “Astérix y las 12 pruebas” encontramos aquélla en la que vendían los tickets. Es increíble pero debe de haber como 40 ó 50 ventanillas y en todas ellas hay una cola de media hora. ¿La razón? Pues que es un medio de transporte muy barato, saliendo los 100km de recorrido más o menos a unos 3€. El trayecto Kiev-Odessa (480km) sale a poco menos de 15€, cuando un Murcia-Valencia (240km) te cuesta unos 23€.

El segundo problema era la compra del billete en sí. Para empezar, justo cuando nos tocaba a nosotros, la chica de la ventanilla decidió que era el momento idóneo para tomarse su descanso, así que nos cerró la ventana en las narices, dijo que volvería en 20 minutos y desapareció. Tras 20 minutos de verdad volvió a aparecer y como suele pasar, empezó a ponernos pegas en ruso. Afortunadamente, una de las chicas que viene a Odessa tiene un B2 en ruso, por lo que tras un buen rato (10-15 minutos, cuánto habríamos tardado si no hubiera estado ella), conseguimos sacar los billetes en compartimento koupe (como habitaciones de 4 camas) a pesar de la cara de mala hostia de la chica de la ventanilla. Si alguna vez compráis un billete de tren en Ucrania, no os preocupéis demasiado por las caras de mala hostia de los/as funcionarios/as. Si les dices que vas a Odessa te miran mal. Si les dices que quieres el tren de las 22:00 echan espuma por la boca. Si les dices que quieres la vuelta el domingo aprietan los puños. Si les dices que quieres un compartimento para 4 empiezan a maldecir. Si les das el dinero preparan un caldero para cocinarte en él. Es decir, que es su estado natural, no os preocupéis.

Esa misma noche me enteré de que había un English Speaking Club en Kiev, por lo que decidí ir a ver cómo era eso. Y menos mal que fui, porque fue la primera noche que por fin me lo pasé realmente bien. Se trata de un grupo de gente que se reúne en un bar-restaurante todos los martes para hablar en inglés. La gran mayoría son ucranianos, y super majos, por lo que cuando un extranjero se une, le cosen a preguntas. Y a mí me vino genial para conocer gente de allí. ¡Todos salimos ganando!

El sábado fue un día redondo, y parte de la culpa la tiene Pirohovo, un pequeño pueblo/museo a media hora en marshrutka de Kiev. La marshrutka viene a ser un RayoBus, sólo que a diferencia de éste, la mitad del trayecto transcurre con el culo a 10 cm del asiento. Ésto en castellano es: agarráos porque  ni el Canguro de la feria pega semejantes saltos.

Pirohovo es un sitio que merece la pena, pero empecemos con el primer consejo: No saques la cámara de fotos hasta que hayas caminado unos metros desde la entrada. Yo, desconocedor de ésto, la saqué nada más bajarme de aquel Rayobus demoniaco y al sacar la entrada (20 grivnas = 1’8€), una señora mayor que me vio con la cámara empezó a gritarme. Me acerco a ver qué quiere (como si el ruso se entendiera mejor de cerca…) y me señala la cámara mientras sigue chillándome como si acabara de robarle el gato. Intuí (qué rara se ve esta palabra escrita) que había que pagar por la cámara y así fue, 15 grivnas, poco más de 1€. Que sí, que no es mucho, pero jode cuando podía haber sacado la cámara después. Ésto es como las bolsas del supermercado, que valen una miseria pero todos preferimos hacer malabares con las compras de camino a casa antes que comprar la bolsa cojonera. Así que ya sabéis, ¡mantened la cámara escondida mientras pasáis la entrada!

Basicamente el atractivo de Pirohovo son las casas y el atuendo de las gentes de por allí, pues se supone que emulan la Ucrania de entre los siglos XVI y XIX. El sitio además es una gran zona de descanso, y se pueden ver muchas familias que deciden pasar el día allí para comer, tumbados en la hierba, sentados en algún banco o en alguno de los muchos restaurantes con comida típica ucraniana. También se ven músicos tocando instrumentos raros (http://www.youtube.com/watch?v=7NwuuURmeYc), molinos de viento, e iglesias de madera que parecen hasta vikingas. Para las chicas, ni en ésta ni en otras iglesias se puede entrar con pantalones/falda cortos/a, pues aquí al menos aparecieron de la nada dos mujeres ancianas y cercaron el paso a una amiga eslovaca que venía con nostros (sí, aquí las mujeres ancianas son las que parten la pana). También puede ocurrir que no os dejen entrar si no lleváis un pañuelo en la cabeza, aunque no fue éste el caso.

La verdad es que la experiencia es recomendable, descansas un poco del ajetreo de Kiev, tomas comida típica, disfrutas de la naturaleza, ves la tradición ucraniana, sus ropas folklóricas, y hasta sus fiestas… Y oye, que da gusto ver tanto verde en verano, para aquellos que estamos cansados del amarillo marronáceo de España o el gris mustio de Kiev.

De igual forma que el último segundo del año (silencioso, tenso, largo) es totalmente diferente del primero del año siguiente (ruidoso, festivo, corto), con esa misma precisión dio paso julio a un agosto totalmente opuesto: llovió como si no hubiera un mañana, las temperaturas bajaron en barrena, y la brisa veraniega se convirtió viento casi gélido. Pasé de dormir con el ventilador puesto toda la noche, a dormir tapado con dos mantas; del ir sudando con manga corta a tener frío con la chaqueta encima; del abanicarme con cualquier papel a frotarme las manos cada minuto para que no se me helaran. Terminé de sorprenderme cuando volviendo a casa sobre las 12 de la noche confundí a una pareja con fumadores. Al rato me di cuenta de que no estaban fumando. Respiro y confirmo lo que me pareció increíble: Vaho en agosto.

Curiosidad del día: En Ucrania está prohibido jugar a las cartas, al menos en bares y restaurantes. Por lo visto en este país cartas significa apostar (cuando saco las cartas y les digo de jugar a un juego español, y que no hay que apostar, ponen una cara de incompatibilidad de órdago), por lo que no está permitido en lugares públicos. ¡Ni siquiera para jugar al burro!

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Un día de furia

Publicado: 31 julio, 2011 en Kiev

¡Lo de arriba es un pájaro, no un avión (ni Superman)!

Llegamos al fin de semana. El viernes quedé con el chico belga, Steve para ir a ver un pueblecico que está a una media hora de Kiev, llamado Pirohovo, y del que no contaré más aquí porque ya le llegará su hora en este blog. No es que me llevara muy bien con este hombre, pero era el único que accedió a ir, y no tenía ganas de quedarme todo el fin de semana tirado en la cama. Además siendo belga, podíamos hablar de chocolate al menos.

Pero. Siempre hay un pero. Parece ser que mi suerte en Kiev decae conforme llega el finde por algún extraño motivo que no alcanzo a entender.  Como el sábado no tenía nada que hacer y quería salir por nada del mundo con mis queridos compañeros de piso me puse a mirar distintos tours en una pequeña guía que tenía. Y como casi todo te remitía a Internet para más información, decidí conectarme (¡y hasta consideré ir a Prypjat!) y ver qué había por ahí. Pues bien, por algún otro oscuro motivo que tampoco alcanzo a entender el portátil no se enchufaba siquiera. Genial, por una vez que me llevo el ordenador de viaje (era mi primerita vez), deja de funcionar. 100%, como el porcentaje de pérdida de maletas que he sufrido con Iberia. Tras hacer un repaso de las palabrotas que me sé en los distintos idiomas pensé que era algo que corría prisa y que tenía que solucionarlo ya.

Existía una cuestión, que me corroía por dentro, y es que no tenía ni la más mínima idea de dónde llevar el ordenador, pues a 22 km del centro sólo hay puestos de comida y chusma. Chusma, no puestos de chusma, ojo. Así que tan corto como perezoso me puse a divagar por los suburbs de Kiev a ver si algo me libraba de pasar 5 semanas más sin ordenador (algo que por otra parte, no me molestaría en absoluto si tuviera otros compañeros de piso). Justo cuando salí a la calle salió también el sol con toda su furia de detrás de su gigantesca nube, como si me estuviera esperando, dispuesto a terminar de joderme el día.

2 litros de líquidos menos después, consigo leer en cirílico algo фыэш como “Комьпютеры“, que si lo he escrito bien significa “ordenadores“, y si no pues posiblemente también signifique algo, pues teniendo en cuenta que su “hola” (que en todos los idiomas suele ser algo fácil de pronunciar: hello, hi, salut, hallo, hej, , terve, …), es “Здравствуйте” (/zdravstvuyte/) pues cualquiera sabe. Qué huevos, luego dicen de “Eyjafjallajökull“. El caso es que entro y como puedo, con mi ruso más castizo, explico lo que pasa:

– “Mi ordenador. No funciona. Yo no sé. Ordenador no funciona o cable (el de la batería) no funciona. Yo no sé. ¿Cable aquí?” (Todo esto en ruso, excepto “cable”, que no tenía ni puñetera idea de cómo decirlo, así que ya que estaba hablando en indio qué más daba meter algo de inglés)

– “явтгнорцвегшшщгафукнлщжлдьтифыкукшгхшлждюбшэжповыеф” – Me debió de contestar. O algo similar.

– “?”

– “явтгнорцвегшшщгафукнлщжлдьтифыкукшгхшлждюбшэжповыеф“.

– “¿No cable?” – Pregunto, simulando haber entendido la mitad.

– “явтгнорцвегшшщгафук no cable aquí ифыкукшгхшлждюбшэжповыеф” – ¡Ya entendí algo al fin!

Como he podido comprobar en posteriores ocasiones, esta gente no es muy amiga de palabras o gestos universales. Hubiera sido más fácil decir NO desde el principio, en vez de soltar semejante trabalenguas repetidamente. Lo mismo me pasó en un supermercado, que me preguntaron como 7 veces que si quería una bolsa (hay que pagar por ellas aquí también), y yo por supuesto no entendía ni papa. A la 7ª vez señalo las bolsas que tiene la cajera a 10 jodidos centímetros de distancia, y me dice que sí, que se refiere a eso.

A lo que vamos, que no hay cables. Quería preguntar dónde podía comprar uno, pero tenía miedo de que me soltaran otra parrafada, y estoy hasta los mismísimos de asentir con la cabeza cuando no me entero de nada. Unos minutos después encuentro una tienda chiquitica, como de barrio, que parece que va de electrónica. Allá que voy y ¡aleluya!, el dependiente sabe inglés. Le explico lo que pasa en un idioma normal y el hombre probó diversos cables, a ver si el problema era del ordenador o del cable. Efectivamente era el cable, ¡qué alivio! No me apetecía perder todo lo que tenía y gastarme un dineral en otro portátil. Pero por supuesto las buenas noticias tienen que venir acompañadas de otras tantas malas. El único cable que encajaba era el de su propio ordenador, y obviamente no me lo iba a vender. Y casualmente no sabe explicarme en inglés cómo llegar a una tienda en la que sí hay cables. Le digo que pruebe en ruso y bueno, ya sabéis qué cara puse. Me hizo un dibujo que casi empeoró las cosas y salí de allí con un signo de interrogación gigante flotando sobre mi cabeza. A todo ésto, que portátil los cojones, pesa 2-3 kilos porque lo compré con pantalla grande para ver películas y me estaba acordando de toda la familia de Hewlett y de Packard (ya lo sé, no tienen ninguna culpa).

Como era de esperar me pierdo buscando la dichosa tienda, pero por “fortuna”  (por decir algo) encuentro una gran centro comercial, tipo Corte Inglés. De hecho tenía la misma cantidad de gente que el Corte Inglés de El Tiro (Murcia), es decir ninguna. Pero una vez más, me dicen (en ruso, por supuesto) que no venden lo que busco, y me mandan a la misma tienda que el otro hombre. Saco mi mapa para que me digan dónde está y se limitan a decirme el nombre de la calle. ¡Joder, utilizad el puto dedo para indicar si habláis de bolsas de supermercado o para indicar calles! Para más inri me dan un teléfono del Servicio de Reparaciones de HP pero me dicen que no hablan inglés allí. Muy útil la ayuda, debe ser que me vieron cara de Filólogo Eslavo o algo así.

Volviendo a casa desesperado (llevaba ya 3 horas con la tontería y estaba haciendo músculo) vuelvo a entrar en la primera tienda. Veo a un dependiente con una cara de buenazo acojonante (daban ganas de hacerle cosquillicas detrás de la oreja) y a él que voy. Me dice que habla inglés (mentira) y vuelvo a explicar lo que pasa. Sorprendentemente me dice que SÍ que tienen ese cable, y me enseña uno universal en su caja, para que esté seguro de que encaja en mi ordenador. 40 euracos. Como quería terminar de una vez con ésto y quería que me diera tiempo a ver el museo de Chernóbil, pago con tarjeta y sanseacabó.

Aliviado, doy un resoplido hipohuracanado cuando llego a casa al fin, abro la caja, cojo el cable y le pongo la clavija que dice HP. No encaja. Con cara de what the fuck pruebo las 7 clavijas restantes. No encaja ni una. Eso sí, la caja insistía por activa y por pasiva en que era “Universal“. Como estoy notando que cada vez introduzco más tacos en el blog, voy a saltarme los 10 minutos de furia que vinieron después.

Llego a la tienda de nuevo con la posición de estar muy enfadado (mandíbula fuera, cejijunto, brazos hacia abajo con los puños cerrados, andando como si llevara una bola de preso detrás…), localizo a “buenazo” y le digo lo que ha pasado. ¡La que hay que montar para devolver un producto en Ucrania! Me dice que espere. Se queda otro empleado a mi lado como vigilándome, intentando darme conversaciones sin sentido con los brazos cruzados mientras espero. Y nada, que no se calla, y no deja de preguntar. Joder, no sé ruso, y estoy de mal humor, déjame. Entonces viene un hombre con cara y voz de jefe, y me ordena que le dé el pasaporte. Ni por favor ni leches. Dame el pasaporte. Se lo lleva. Se quedan conmigo “buenazo“, que no para de ponerme caras de que todo va bien, y el que no se calla. 4 charlas sobre alineaciones del Barça después, el jefe me devuelve el pasaporte, y me hace rellenar un papel que como sabéis, no estaba en inglés precisamente. Con la inestimable ayuda de “buenazo” lo relleno y me acompaña a la caja para que me devuelvan el dinero. Me deja en la cola y se va. Cuando me toca me pide la tarjeta de crédito para devolverme el dinero peeero… no funciona.

Y como si tuviera que tomármelo bien, me dice: “No funciona, no te podemos devolver el dinero. Siguiente“. Igual se esperaba que yo fuera a decir: “Ah vale, perdone las molestias, pues me voy sin mis 40€ entonces“. Le digo que quiero mi dinero en efectivo, pero me dice que no es posible, que no puede hacer nada, y para colmo de males, los que tengo detrás comienzan a impacientarse y ¡hasta me gritan que me vaya! Intento insistir un poco más pero se me acerca un hombre de la cola, super rúso, fortote y con camiseta de las que te hacen ver más fortote aún, y me dice: “te está diciendo que es imposible, que no, que dinero no“. Yo flipando.

Salgo de la cola y busco a “buenazo“. Qué grande es, me estaba observando desde su sitio y ya se acercaba a mí con una sonrisa. Le digo lo que ha pasado y me hace OK con el dedo pulgar, me hace un guiño y me dice que no me preocupe, que conseguirá mi dinero. Grande, hostias. Y efectivamente tras volver a hacer cola, la cajera me devuelve mis 400 grivnas (¿ahora sí y antes no? ¿?).

El caso es, y voy acabando ya, que no tenía cable, había perdido toda la mañana (5 horas) y apenas me quedaba tiempo para ver el museo de Chernóbil. Decido ir de todas formas (no había comido siquiera, pero es que el museo cerraba a las 17:00) a ver si en una hora lo veía. Bueno, pues no hubo forma humana de encontrarlo. Me recorrí la calle en la que la guía dice que estaba, de principio a fin, 2 veces, una en cada lado de la acera, pregunté a 6 ó 7 personas y NADIE sabía dónde estaba. Hasta encontré la embajada española sin querer. Así que cuando estaba pensando que el museo era un mito, encuentro una tienda de informática de Apple y Sony. Decido probar de todas formas y… me ofrecen otro cable universal distinto. No hay otra cosa. 45 €. Me dice que lo puedo devolver sin ningún problema si no encaja. Intento pagar con la tarjeta y otra vez no funciona. Pago en efectivo y voy a un banco a ver si puedo sacar dinero: operación denegada, la tarjeta no funciona. Esto es, me quedan 5 semanas en Kiev y tengo que sobrevivir con lo que me traje en efectivo, ¡unos 300€!

Eso sí, gracias a Di… no sé gracias a quién, pero encajó. Ya era hora.

Al día siguiente no fui al final Pirohovo, pues el gracioso de Steve me dijo que no iba a ir 2 minutos antes de salir yo de casa. Con los bocadillos hechos y con las llaves ya en la mano para salir me manda por SMS “I will not went yesterday“. Vaya con el nivel de inglés de Bélgica. Así que el domingo me lo salto porque no hice nada, y para la próxima empezamos con la siguiente semana. ¡A ver si hay más suerte!

Curiosidad del día: NO silbes en casa. Al parecer en Ucrania silbar es cosa de pobres, por lo que si se te oye silbar, los vecinos pensarán que eres de clase baja. O al menos eso me han dicho. Poder puedes silbar, pero es algo totalmente prohibido si vas a casa de alguien, pues sus vecinos pueden pensar de ese alguien que es pobre. Ahí dejo éso O.o

Voy a ir un poco más rápido porque se me van acumulando los días y me veo que no voy a llevar ésto al día.

Día 4

Me levanto entusiasma-do como diría Gorm (personaje de Vickie el Vikingo, para los que no tienen infancia), pues hoy sería mi primera clase de ruso. Con los idiomas es algo que siempre me pasa. Cuando empecé con francés, me sentía genial cuando hacía mis primeros acentos al revés; y con el alemán me sentía Goethe intentando mejorar la forma de mis “ß‘s”. Hoy sería algo distinto. Escribir ruso es como escribir letras del revés, boca abajo, y encima es como empezar de cero, pues hay letras del cirílico que son unas jodidas grandiosas “false friends“. Ejemplos: La P es una R. La B es una V. La u (minúscula) es una i. Y por supuesto la Y es una U. No hablemos ya de la M, que en mayúsculas es lo mismo, pero en minúscula es una t. ¡Qué hermosura de alfabeto y qué quebraderos de cabeza que da! ¡Bonico!

Bueno, a lo que iba, que me voy por las ramas. El caso es que, retomemos, me levanto de buen humor (y eso que me levanté a las 8). Como por las mañanas estoy en mi mundo, para cuando iba a decirles a mis compañeros de piso que sí nos íbamos ya, me dí cuenta de que sus habitaciones estaban vacías. Se habían ido sin ni siquiera despedirse. Me acordé de todos esos grupos de Facebook tipo “No te deseo ningún mal, pero…“, y me fui con la música a otra parte, en concreto a la escuela.

Ayer se me olvidó comentar que tras la charla del jefazo nos dijeron que iba a haber una prueba de nivel para ver en qué clase nos colocaban. Por supuesto mi nivel era como el de las temperaturas de por aquí en invierno, bajo cero, así que ni me molesté y me quedé en la sala de los ordenadores mirando el correo. Al rato se acerca la secretaria del jefazo y se sienta a mi lado con cara de estar punto de decirme una terrible noticia. Puso tal cara de “estamos contigo” y me habló con una voz tan suave, que acepté hacer el test (no era tan terrible la noticia). Me dieron el papelito y bueno, no sabía ni por donde empezar, estaba TODO en cirílico. Con decir que no sabía ni dónde había que poner el nombre… Levanté la cabeza del papel y miré a la chica que me entregó el test diciendo “are you sure I have to do this?“. Ella parecía que sabía que iba a preguntar, pues ya estaba afirmando con la cabeza. Vuelvo a bajar yo la mía resignado, y comienzo a entender la felicidad que sintieron los franceses cuando descubrieron la piedra de Rosetta. Contesto una, aunque dudoso. Me tiro 5 minutos pensando la segunda, pero la contesto también. La tercera no hay manera, y la cuarta menos. Cojo una aleatoria, y la contesto también. Se me ocurre mirar el número de preguntas y veo que son 50. FUUUUUU! Desisto. Le digo a la chica que si sigo contestando va a ser a boleo, y que para eso que me coloque en la clase de amateurs totales. Asiente con cara de estar pensando “pringao” y me deja en libertad provisional.

Así que hoy, día 4, llegué a mi clase de amateurs totales y resulta que éramos 3 americanos (everywhere), 2 españoles y un belga. Y he de añadir que hemos tenido suerte con la profesora: se llama Жеия (Zhenia) (o como se escriba), es joven, bastante guapa, simpática y parece contenta con nosotros. Además mete caña, pues en el momento en el que estoy escribiendo (5º día de clases) ya hemos dado el acusativo, el genitivo y el preposicional. Fuck yeah.

Tras comer con Brandon y una chica suiza (de las americanas de ayer ni rastro) me volví pronto a casa pues esa tarde nos iban a instalar el wi-fi y alguien tenía que abrir la puerta. Brandon empezaba hoy a enseñar inglés, y Michael pues a saber dónde estaba.

Día 5

La mañana fue más o menos como la anterior: para cuando me vengo a dar cuenta estoy solo en el piso.Mensaje captado.

Ese día comí de nuevo con las 2 americanas y la chica británica en una especie de Starbucks, y viendo lo que nos reíamos me alegré de no ser yo el problema, sino mis compañeros de piso. Pero como ellas sí que tenían que enseñar inglés por la tarde, cuando nos despedimos me planteé la opción de dar una vuelta por la ciudad, y aprovechando que estoy solo, hacer fotos (prefiero hacerlas cuando voy solo, más que nada porque cuando he ido acompañado me llaman de pesado para arriba). Lo que iba a ser una simple vuelta se conviertió en una caminata de casi 5 horas. Cuando vine en invierno pensé que había visto la famosa calle de Andriesky, pero luego me dí cuenta de que ví una mínima parte, así que decidí empezar por ahí para verla entera. Esta calle es la típica que hay en casi todas las ciudades, con artistas, puestos, souvenirs, etc… Además la calle está muy empinada hacia abajo y pasa por un montón de edificios antiguos, con lo que merece mucho la pena pasar por allí. Sobre los souvenirs, creo que ya lo dije, casi todos son de temática soviética: gorros, chapas, máscaras antigas, banderas de la URSS, figuritas de Lenin, peluches de los dibujos animados soviéticos (Cheburashka, a la izquierda), etc…

Me dí cuenta de que me estaba metiendo en la Kiev profunda, pues había dejado atrás los edificios altos de post-comunismo para sumergirme en la Kiev de antes de la IIGM. Casas viejas, que se caían a pedazos, calles más sucias, el número de turistas (ya de por sí bajo) desciendo aún más… “Me gusta” pensé, y decidí continuar por allí. Claro, todo ésto fue después de comer, y empezaba a hacer un calor abrasador. Porque aunque no lo parezca, en Ucrania hace un calor de cojones. Vale que llegaron a -35º C este febrero, pero el día en que estaba dando el paseo estábamos rondando los 40ºC. Y lo peor es que de tanto callejear por casas antiguas me perdí. Me dirigí hacia el río para poder guiarme y ya de paso disfrutar de la escasa brisa que da éste. Aquí me hizo gracia una cosa. En vez de tener como tenemos los mediterráneos, paseos marítimos agradables y bonitos (unos más que otros), esta gente se empeña en hacerlo todo gris: el paseo a lo largo del río se hace a través de una línea de tranvía abandonada. Como se aprecia en la foto, a la derecha hay como un bosquecillo al cual se me ocurrió meterme.

Esa mañana había llovido, por lo que estaba todo embarrado y no invitaba a entrar. Por alguna razón que no se me ocurre hice caso omiso a ésto y seguí caminando por el bosquecillo, tal vez pensando en que con tanta sombra se me iría el sofoco de los casi 40ºC. Ahora viene una cosa típica ucraniana, como he podido comprobar en el día en que escribo ésto (lo que significa que dentro de unos días podréis leer cómo volví a caer en una trampa parecida): a los ucranianos les encanta hacer caminos y senderos que parecen públicos, para terminar de golpe en un terreno privado. Cuando llevaba media hora caminando, con los zapatos ya llenos de barro, me encuentro con que la cosa termina en una casa privada. Tanto caminar para nada. Como tenía ganas cero de volver sobre mis pasos decidí subir por la derecha (en la foto se ve la pendiente hacia arriba, que es donde está el centro de la ciudad). Debe ser algún efecto óptico o qué se yo, pero la cuesta se veía el doble de empinada desde donde yo estaba. Eso significa ejercicio físico, que al final se transforma en más calor. Y como además estaba todo lleno de barro, la subida fue más bien resbaladiza. Los que habéis estado en una sauna sabéis lo que es que os caigan gotones de la cabeza y que tengáis el pelo totalmente mojado de sudor. Pues en ésas estaba, bastante mareado, (y con el plus de estar matando mosquitos cada 2×3) cuando por fin llego a un sitio donde no hay pendiente. Como no todo podía ser tan bonito, me doy cuenta de que huele a podredumbre que flipas, y que la vegetación, que me hace agacharme cada poco tiempo, se va volviendo no verde, sino gris (?). El olor empieza a ser inaguantable, la cantidad de mosquitos aumenta exponencialmente, y me tengo que parar porque sentía que me caía. Para más inri en ese momento una paloma se me cruza a dos palmos de mi cara, saltando de un arbusto a otro (en las películas suele ser un lobo, o algún animal feroz el que hace este tipo de movimientos para asustar, a mí por lo que sea me tocó una paloma). Del susto, me recupero un poco y sigo hacia delante, pensando ya si no me habría pasado de desvío y estaría en Chernobyl. Dos minutos después encontré la explicación. Había estado subiendo por una zona donde tiraban todos los residuos de una obra. Me encontré delante un tubo que estaba echando todo tipo de porquerías al bosque (de ahí el gris de las plantas, el olor y los mosquitos), así que corriendo ya, desaparecí de allí en cuanto pude, pues detrás de la obra ya se veía la ciudad.

Todo ésto del bosque que he contado es una tontería sin interés, pero quería contarlo aunque sólo fuera por lo de los residuos. Del resto del día no hay más que contar.

Curiosidad del día: Como dice el grupo de Facebook: “Paso de cebra. Y de tí también“.  Los pasos de cebra son una ilusión óptica al menos en Kiev. Para cruzar uno tenéis que esperar a que al menos otra persona pretenda cruzarlo, pues si sóis más de una persona los coches se pararán. Pero no se os ocurra cruzarlo siendo sólo uno, pues de verdad que el coche no hace amago ninguno de aminorar la marcha y te vas a ver obligado a pegar un salto nada deseado. Por supuesto hay excepciones, pero de momento ya me he visto obligado más veces a pararme yo en el paso de cebra, que el coche.

Día 3: Inicio de las clases

Publicado: 23 julio, 2011 en Kiev

Julio. Vacaciones. De viaje. Y un despertador que suena a las 8. Parece que una de estas frases no pega con el resto, pero es la pura realidad. Sorprendentemente me levanto de un salto y veo que hay gente peor que yo: Brandon y Michael ya estaban levantados y desayunados. El primero estaba sumándose años con una camisa de cuadros y una corbata; el segundo estudiando. ESTUDIANDO. Julio. Vacaciones. De viaje.

Como ellos no se conocían el camino les dije que nos fuéramos juntos, y así aprovechaba para sacarles algo. ¡Era una oportunidad única para practicar mi inglés y mi alemán! Desgraciadamente se hacían silencios incómodos, y al final todo quedó en la típica conversación sobre el tiempo y comparaciones de nuestros climas. Para más inri en el metro cada uno se pone en un sitio, con lo que desisto. Dedico los 25 minutos de metro a desear que en la escuela haya mejor gente porque si no…

Llegamos a la escuela NovaMova, que significa “nueva lengua” si mi memoria no me falla.  En seguida se nos acerca el jefazo, bastante majo por cierto, y nos dice que siente hacernos esperar, que por favor pasemos a la sala de estudio mientras tanto. La escuela por fuera es casi imperceptible: un edificio viejo, apenas visible pues hay que meterse por un pequeño callejón, y otra vez con un aspecto demasiado soviético que te hace pensar en dónde narices te estás metiendo. Pero por dentro es inmejorable. De hecho no tiene nada que envidiar a Kapito, la escuela de Münster, Alemania, donde estudié alemán el verano pasado: habitaciones amplias, biblioteca propia (no muy grande, eso sí), sala de cine con sonido 5.1, sala de estudio con ordenadores realmente nuevos, wifi… todo ello distribuido en 3 pisos. Así que aprovecho la espera para conectarme a Internet, pues por supuesto en mi piso no había, a pesar de que me lo prometieron.

Tras un rato vuelve el jefazo, y para entonces ya eramos unas cuantas personas más en la sala esperando. Éramos el grupo de los profesores. En total éramos: 4 americans, 2 españoles (qué gusto me dió oír español después de sentirme tan perdido), 1 inglesa y 1 italiano. Aquí empiezo a ver que algo falla. ¿Dónde están los profesores de alemán y francés? ¿Por qué hay tanto profesor de inglés? El jefazo empieza a contarnos las normas y derivados: Que si hay que vestir decentemente, que él mismo se personará en las clases para ver qué tal lo hacemos, …, y que recibiremos las clases de ruso por la mañana de lunes a viernes, y daremos las clases de nuestro idioma por la tarde de lunes a jueves.  ¡De 15:00 a 21:00, omfg!. Pero el susto me duró poco: El jefazo nos anuncia que no se han organizado bien en lo que a publicidad se refiere, y que no hay apenas demanda de español e italiano (esto es, de 2 de los 3 idiomas que se iban a impartir -> hecatombe), por lo que los profesores de estos dos idiomas no empezaríamos a trabajar hasta la semana que viene. “¡Awesome!” – pienso – “¡una semana gratis de ruso y de alojamiento, a cambio de nada!”. Para mejorar aún más la situación, nos entregan unas tarjetas con las podemos usar el metro ¡totalmente gratis! (y eso que el ticket vale unos míseros 2 grivnas, esto es, 17-18 céntimos). Y cuando parecía que no quedaban más casas que tirar por la ventana, ¡nos ofrecen un tour gratuito por Kiev! Por supuesto aceptamos, y como yo ya me conocía la ciudad aproveché para intentar acercarme a la gente.

Nos sentamos a comer el italiano, 2 americanas, la inglesa y yo, en un sitio recomendado por el jefazo. Ahora sí que había gente interesante. El italiano tiene mi edad (es decir, está hecho un mozalbete) , pero maneja perfectamente la friolera de 5 idiomas  (italiano, español, inglés, alemán y B2 en ruso). Es como ese sentimiento que te entra cuando estás aprendiendo a tocar la guitarra y luego ves tocar en directo a tu guitarrista favorito, que te hace querer dejar de tocar la guitarra por lustros. Una de las chicas americanas venía nada menos que de Portland, Oregon (tierra de Agalloch, por cierto). Para hacernos una idea, son más de 9,ooo km los que hay entre dicha ciudad y Kiev. Y sobre la chica inglesa bueno, decir que nos kickeaba el ass a todos, pues ha estado viviendo en San Petersburgo durante 5 años, y éso que es la más joven del grupo.

Sobre la comida, pues no está mal. Por fin pude probar la famosísima sopa de remolacha “Borshch“, que me gustó bastante para ser yo no muy amigo del mundo sopil. “Mlyntsi“, que vienen a ser como unos crèpes, y luego carnes rebozadas con diferentes salsas, o con queso. Realmente tampoco hubo nada que me pareciera sorprendente, pero por lo menos estaba todo bueno. ¿Todo? ¡No! Una parte compuesta por desagradables dulces resiste ahora y siempre a mi paladar. Mal que me pese, a pesar de ser los dulces una parte imprescindible de mi dieta (debe andar sobre el 80%), no consigo acostumbrarme a los de aquí (parecidos por cierto a los que probé en Eslovaquia). Además son unos false friends en toda regla, pues tienen buena pinta pero luego son intragables. Un ejemplo es una masa (no sabría decir el sabor que tiene… ¿a masa?) rellena de fruta y mermelada, y con yogurt por encima. Al leer esto podríais pensar que sufro de disfunción palatal, pues suena muy bien, pero no, la mermelada y la fruta están hipercalientes, y eso, junto a la masa y el yogurt (del tiempo) hacen que se te quede esa cara de beber alcohol de 40ºC por primera vez. Si además los cocineros te hacen la gracia de dejarte el hueso de la fruta disimulado entre la mermelada, puede incluso que se te caiga un diente mientras pones esa cara. Y otro ejemplo son las tartas, que no son tartas como Dios manda, sino que se deshacen conforme pasas la cuchara como lo hace la pizarra (la piedra, digo), en láminas.

En fin, hasta aquí el post de hoy, pues después de la comida cada uno se fue a su piso o a estudiar a la escuela, así que no queda nada interesante por contar de este día. Sería el día siguiente cuando, por fin, tendría mi primera clase de ruso.

Curiosidad del día: La forma de vestir. Las mujeres ucranianas tienen fama de ser de las más guapas del mundo junto con las rusas. No sé hasta qué punto será verdad, pues también es cierto que hay caras bastante raras (rasgos demasiado eslavos, supongo), pero lo que sí es cierto es que saben sacarse partido como ningunas: Diría que aproximadamente el 80% van con vestidos, no con vaqueros y camisetas, que es lo que más se ve en España al menos. Suelen ir con vestidos muy originales, muy femeninos, muy bonitos (algunas de verdad que parecen princesas) y juegan mucho con las transparencias, espaldas descubiertas, etc… Es como si todos los días fueran sábado por la noche. Los hombres en cambio (aquí ya no sé si esto es una opinión sesgada) son bastante horteras. Camisas hawaianas con bañadores chillones, pantalones cortos con zapatos de vestir, demasiada ropa militar… Hay de todo, pero desde luego hay bastante macarrilla.

Día 2

Publicado: 22 julio, 2011 en Kiev

Amanecí (bueno, amanecí, eran las 11 a.m.) con una extraña sensación de felicidad. Se suponía que iba a compartir piso con otro estudiante, y al haber llegado yo el primero pude escoger habitación. La cosa estaba entre:

a) Una habitación con sofá y balcón

b) Una habitación con sofá y TV

c) Una habitación con cama de matrimonio, armario en el que cabría 5 yos, mesa para dejar cosas, lámpara y mosquitera.

Ni comodín del público ni leches en vinagre, obviamente opté por la c). Además robé el ventilador de otra de las habitaciones, pues ya puestos quería hacer de mi habitación un pequeño palacio.

Pero la realidad me golpeó en seguida: estaba viajando con lo puesto. Tenía que estar al día siguiente a las 10:30 en la escuela (es lo único que entendí de “pobre hombre“), así que siendo domingo, se me ocurrió que lo único que podía hacer hasta que tuviera mis cosas era ver cuánto tiempo tardaba en llegar a la escuela, para no llegar tarde al día siguiente (sólo faltaba, llegar con la camiseta que llevaría usando 2 días, despeinado, y encima tarde). Así que hice lo que nadie en estado cuerdo debería hacer jamás, que es salir a la calle sin desayunar (el frigorífico estaba vacío, y aún así seguía sin haber luz en el piso), y tomé la primera dirección aleatoria que se me ocurrió. Desde luego cerca del centro no estaba, pues no me sonaba haber visto esa parte de la ciudad cuando estuve en invierno, y tampoco quería preguntar porque para que me contestaran gritando en ruso (como bien muestran los Simpsons) casi prefería dar vueltas como un tonto. Total, para lo que tenía que hacer.

Cuál sería mi sorpresa cuando veo que a una distancia de 3 borrachos más allá (unos 200m) se divisa lo que parece ser un supermercado… ¡abierto! Mi estómago me confirma que es una gran noticia y sin dudarlo me olvido de la escuela y allá que voy, a ver si al menos con la tarjeta puedo comprar algo para mantenerme en pie ese día. En seguida me viene un déjà vu a la cabeza: no me acordaba de que esta gente vende la leche ¡en bolsas!

Me tocó una cajera muy simpática (algo rarísimo en cualquier servicio público ucraniano) que decía que sabía español porque había estado en Cuba, pero como comprobé 1 segundo después, su español era tan bueno como mi afrikaans. 20 minutos después salgo, ya con desayuno comida y cena aseguradas y vuelvo a divisar otra buena noticia. ¡Oficina de cambio de moneda! ¡Ya puedo coger el metro! La mujer me cambia el dinero con cara de estar regalándomelo, y yo, algo más feliz ya, decido preguntar a un joven paseante por dónde queda la parada más cercana del metro:

– “Прастите, где метро?“, pregunto con todo mi acento kieveño.

– “Левый“, me contesta. Punto. El hombre se va orgulloso con cara de misión cumplida, y ni siquiera se espera a ver si me ha quedado claro. Obviamente no tenía ni puta idea de lo que significaba semejante palabro, que viene a sonar como “liévui”, así que guiándome más por el movimiento de cabeza que hizo que por lo que sea que me hubiera dicho, eché a andar a mi izquierda.

 

Metros no veía muchos, pero tiendas… ¡aquello era como los zocos árabes pero en versión soviética! No me podía creer la cantidad de puestos y mercadillos que había, aún siendo domingo. Frutas, refrescos, ropa, souvenirs… de todo. Me doy una vuelta a ver si puedo conseguir algo de ropa para no oler a humanidad en mi primer día de clase pero para ser mercadillo, las camisetas costaban 240 grivnas, 20 eurazos. Tras 20 minutos divagando, pululando y deambulando encuentro el metro, ¡aleluya!

Sobre el metro de Kiev, he de decir que impresiona. Puntual, limpio (lo que no quita lo cochambroso de algunos vagones) y con algunas estaciones muy bonitas (ya iré poniendo fotos). Una cosa que me llamó mucho la atención es la profundidad, y es que originalmente el metro se construyó con la idea de servir a la vez de refugio en caso de guerra, así que te puedes tirar perfectamente de 3 a 5 minutos en unas escaleras mecánicas, depende de la estación. Iba a subir una foto un pelín borrosa que tengo, pero creo que aquí pega más un vídeo para que lo veáis con vuestros propios ojos:

Tenía que asegurarme la vuelta, así que pregunté a una “vigilanta” por el nombre de la estación en la que estábamos. Debía ser muda, porque impasible, me señaló un letrero en el que se leía, en cirílico por supuesto, “Kharkivska“. Como no tenía ni idea de qué tren tenía que coger, le pregunté a un joven que había por ahí sentado. Truqui: Nunca hables en inglés con gente mayor, pues o no te contestan o lo hacen escuetamente y en ruso. Prueba con gente joven. Este mozo me explicó cómo funcionaba el sistema de metro y demás, de manera que me quedó claro perfectamente. Petit à petit, l’oiseau fait son nid.

25 son los minutos que se tarda en llegar al centro, y desde ahí 15 a la escuela. Lo que me daba un total de 1 hora prácticamente. Como he podido comprobar después gracias a Google y sus mapas, estoy viviendo a 22km del centro, al otro lado del río Dnipro (en toda ciudad está la orilla buena y la mala: la mía es la mala). Bueno, ya iban saliendo mejor las cosas. Conocedor ya del centro de Kiev, me dirijo a la oficina de información turística que ¡también estaba abierta en domingo!. Me aprovisiono de mapas, teléfonos y hasta de una camiseta con un chiste ucraniano (ya subiré foto) para poder ir aseado el primer día de clase. Acto seguido me voy a un ciber y me hago con el teléfono de la embajada española, y dos o tres cosas más que tenía que hacer.

Poco después del mediodía vuelvo a mi ciudad-dormitorio para poder comer la pizza que compré en el mercado, y esperar en casa a que me llevaran la maleta, pues me dijeron que si la conseguían sería por la tarde. Y como es mejor prevenir que curar…

Cuando llegué se encontraba ya el otro estudiante, Brandon, algo por encima de los 30 diría, de los EEUU de AAmerica. Como él no tenía nada que comer y no le cambiaban los dólares por grivnas le ofrecí media pizza e intenté empezar a conocerlo. Peeero, para los que hayáis visto “The Big Bang Theory“, este hombre se parece bastante a Sheldon, por lo que las conversaciones no son su fuerte, y además es… rarito. Pensando en cómo sobrevivir 6 semanas con alguien así, me fui a dormir la siesta.

A las 18:00 me despierta “pobre hombre” moviéndome el pie (?), para presentarme a otro compañero de piso más, pues al parecer íbamos a ser 3 al final. Se llama Michael y es de Austria. Éste debe rondar los 35-40,  y aunque me pareció más majo al principio, luego ví que va a su bola: no saluda, no se despide, rien de rien. Así que mientras estaba sumido en mis pensamientos sobre las 20:00, en el cómo iba a ser esa convivencia con gente mayor que yo y con pocas ganas de socielizar, sonó el telefonillo. Contesto y sólo entiendo algo de “Kiev Borispil“, que es el nombre de aeropuerto. Lo normal es que le des al botón del telefonillo y se abra la puerta, pero como no podía ser de otra manera, aquí no funcionaba. Temeroso de que el hombre con mi mochila se largara, bajé los 7 pisos casi volando, y ¡allí estaba mi mochila! ¡Quién me iba a decir a mí que iba a echar tanto de menos a un peine, un mapa, un desodorante, unos gayumbos…!

Mi felicidad era ya completa, ya comenzaba a ver Kiev con otros ojos. No con el miedo e incertidumbre de la primera noche, sino con la seguridad de tenerlo todo atado y bien atado, para poder empezar como Dios manda por fin al día siguiente.

Curiosidad del día: En Ucrania la policía como tal no existe. Son más bien militares, y así dan el miedo que dan. Además pasa como en Rusia, más te vale no poner cara de guiri cuando pases al lado de uno, pues te paran y te piden el pasaporte y que les acompañes a comisaría. El pedirte el pasaporte es un mero trámite: aquí te piden el pasaporte del mismo modo que los garrulos te piden un cigarro; lo interesante viene después, que es cuando te piden el dinero.

Historia de una llegada

Publicado: 21 julio, 2011 en Kiev

No hay historias sin principios, y ésta no iba a ser menos. Debido a mi pasotismo clínicamente probado y a la falta total de preparación del viaje, no compré el billete para ir a Madrid hasta el día anterior al vuelo. Obviamente trenes ya no quedaban, y los pocos autobuses que había o llegaban demasiado pronto (¡a las 6:30 de la mañana!) o demasiado justo (en Barajas 1 hora y media antes del vuelo).  Rebuscando entre los distintos buses que había, rescaté a mi gozo del pozo y encontré un autobús de primera clase que me dejaba 4 horas antes en Madrid. No me quedaba otra.

Sábado 16 de julio. A eso de las 8 de la mañana, monóculo en ristre y sintiéndome como un señor, salgo en dirección a Madrid en un autobús con azafata, varias pantallas, asientos ergonómicos y dos servicios de desayuno (!). ¡Qué bien pintaba el día! Todo iba genial hasta que llevábamos 2 horas de recorrido más o menos. Fue ahí cuando empezó una serie de catastróficas desdichas: Mucho autobús de primera clase pero nos pusieron “Los Viajes de Gulliver“. Correcto, la de Jack Black. Sudoroso, y revolcándome en el asiento, decido que ha llegado la hora de ponerme música y dormir, para poder pensar después que todo ha sido un mal sueño.  Tal era mi empeño que ni el albaceteño cerrado que tenía detrás gritando por el móvil pudo impedir que consiguiera mi objetivo.

Dada la comodidad de los asientos, caí rendido enseguida, y por tanto el viaje acabó pronto. Ya en Barajas un McFlurry decidió amenizarme la espera, a lo cual no pude negarme. No sé cuántos vuelos llevo ya a mis espaldas, pero iba a ser éste el día en que cometería un error de principiante. Debido a la inmensidad de la T4 llegué un poco justo a los detectores de metales y yo, conocedor ya de todo aquello que hace pitar, empiezo el ritual de empezar a quitarme cosas, etc… El error fue dejar la tarjeta de embarque sobre la mesa de las bandejas, mientras sacaba la cámara, el ordenador, me quitaba el cinturón… Cuando me vine a dar cuenta, la tarjeta de embarque había desaparecido tan rápido como el billete de Fidel Castro en los Simpsons. “Copón, copín y copete, que ya no vuelo, que se acabó lo de dar clases de español en Ucrania, que voy a llegar en Nochebuena, que…“. Tales pensamientos y otros miles fluían por mi cabeza al mismo ritmo que sudores fríos salían de ella. De pronto, se abre el telón, se activa la música principal de Benny Hill y se me ve a mí corriendo con mi enorme equipaje de mano y el cinturón colgando a través de la T4 en busca de otra tarjeta de embarque. Con ella en mi poder, emprendo el camino de vuelta con la música todavía sonando, y entonces se cierra el telón. Lo que ocurre es que en esta segunda tarjeta no me habían pegado el papelito blanco/verde con el código del equipaje facturado. “No te preocupes si no te lo han puesto” me dicen, “es sólo para poder seguir tu equipaje en caso de pérdida.” Bah, eso no me iba a pasar. Ay.

El avión debía salir a las 16:45, pero nooo, aquella era la solución fácil. Para poder continuar con las desdichas, nos informaron por megafonía que el avión saldría una hora más tarde, a las 17:45, por “causas de tráfico aéreo“. “Joder, el avión a Kiev es el único que causa molestias al tráfico aéreo” pensé, pues no dijeron nada del resto de vuelos, que no son pocos. Iluso de mí, me lo creí. No me hacía mucha gracia, ya no por el retraso en sí, sino porque quedé con la escuela de allí en que me recogerían, y yo ya me estaba imaginando al pobre hombre con un cartel con mi nombre esperandome una hora entera. Ojala hubiera sido una hora.

A las 17:15 nos metieron en el avión, supongo que para que pilláramos la postura, porque el piloto no arrancó hasta una hora después. Después de haberme aprendido todas las palabras en cirílico de memoria, ¡por fin salimos en dirección a Kiev!

Como siempre, me tocó delante una mujer perteneciente a ese 10-20% de pasajeros que echan el asiento para atrás, no importa que tus rodillas ya estén de por sí tocando su asiento, o que estés merendando tranquilamente sobre la bandeja.

Tras 4 horas (¡lo mismo que de Murcia a Madrid!) llegamos a la capital ucraniana. La última vez que llegué el termómetro marcaba -7ºC. Esta vez eran 24ºC, demasiado teniendo en cuenta que eran sobre las 22:30. Pensé en el pobre hombre que llevaba esperándome desde las 21. Y peor que me iba a sentir por él en los siguientes minutos. En el control de pasaportes, una mujer que no se creía que la diferencia entre la foto del pasaporte y mi cara era un mero corte de pelo me entretenía con absurdas preguntas. “¿Qué vienes a hacer aquí? ¿dónde te vas a alojar? ¿cuándo te largas? ¿por qué vas a estar tanto tiempo?“. Me puso el feo sello y me fui a las cintas de equipaje que ya estaban moviéndose. Primera vuelta y ni rastro de mi mochila. Bah, suele pasar. Segunda vuelta. Tercera. Décima. Un grupo de 8-9 tontos nos quedamos mirando, pues eso, como tontos a la cinta cuando ésta se detiene. Y yo sin el papelito en mi tarjeta de embarque con el código de facturación, genial. A todo esto, eras las 23:00, el hombre que me esperaba debía de haberse ido.

Como es de esperar, en Kiev Borispil nadie habla inglés, así que con la ayuda de una ucraniana que se había quedado también sin equipaje y sabía inglés y español nos quejamos a uno de los vigilantes de por allí. Formulario al canto que hay que rellenar. Nos dan un papelito donde tenemos que poner entre otras cosas, el código de facturación del equipaje (¡sí, ése que estaba en el papel que yo no tenía!), y la dirección en la que nos íbamos a alojar. Fue entonces cuando caí en que no tenía ni idea de dónde iba a vivir estas 6 semanas. Y en que no tenía el teléfono de la escuela para llamar. Salgo corriendo entonces a ver si el “pobre hombre” me estaba esperando y, efectivamente, ahí estaba, guardando la compostura y con cara de no importarle llevar más de dos horas de pie con un cartelito. Le pido perdón, le cuento lo ocurrido, y le pregunto por la dirección a la que me va a llevar. Me doy cuenta entonces de que dice que sí a todo porque no entiende ni papa. Así que sorprendentemente me acuerdo de que dirección en ruso se dice “adriese” y consigo que me la escriba en cirílico.

Por no alargar mucho más la cosa diré que aún estuve 2 horas más allí, con papeleos. Que si ahora relléname éste, que si tienes que hacer 2 copias más, que si ahora vete a este departamento y que te lo sellen, para después volver aquí (previo paso por la cola, por supuesto) y te preguntamos por código de facturación (“¡ah no, que no tienes!“). Finalmente me dan un papelito, y me dicen que me llamarán, pero al ver que mi número de teléfono es español me dicen que necesito darles un número de teléfono ucraniano. Venga hombre, ni que todos tuviéramos un amigo en Ucrania. Les digo que no conozco a nadie en Kiev, pero me contestan con un simple “tú consiguete un número ucraniano”. Con un cansancio y una mala hostia impresionante me voy de allí y por fin dejo que el “pobre hombre” cumpla su misión de llevarme a mi nuevo apartamento. 4 horas después de lo esperado.

Pobre hombre” conducía pisando la raya de en medio, saltándose semáforos y al principio, sin luces. Además estaba empeñado en hablarme a pesar de que ni él sabía inglés, ni yo ruso/ucraniano. Por cierto, los españoles no somos los únicos que gritamos cuando queremos hacernos entender. Así que entre los gritos, el modo de conducir, el verme despojado de todas mis pertenencias, y lo oscura y tétrica que es Kiev de noche, yo me estaba acojonando. Nos bajamos en una especie de jardincillo totalmente oscuro con borrachuzos deambulando, y nos dirigimos a un bloque de edificios que se cae a pedazos. Al abrir la puerta del edificio me entra un olor a granja, y el interior me deja helado: todo es de un color gris mugriento, con luces intermitentes y el suelo lleno de papeles y demás mierda. El caso es que llegamos al piso y por dentro no está nada mal, el exterior del edificio engaña bastante. Más tarde entendería que esto es así en casi todos los casos, pues algo parecido me pasó en Donets’k.

Eran las 2 de la mañana. La luz del piso no funcionaba, no tenía equipaje, el agua del grifo no es potable y en el frigorífico no había, no sabía ni en qué parte de Kiev estaba, tampoco tenía mapas, ni dinero pues no había cambiado mis euros por grivnas todavía (y al día siguiente era domingo), ni teléfonos a los que llamar y a mi móvil le quedaban 2 rayas de batería. Me acosté con el pensamiento de “no dejes para hoy lo que puedas hacer mañana“.

Bienvenidos/as a Київ.

Curiosidad del día: En Ucrania si eres mujer no puedes ser piloto. Sólo los hombres pueden serlo. Supongo que para igualar ésto, tampoco los hombres pueden ser azafat@s. Únicamente las mujeres pueden serlo.

Bienvenido a Kiev

Publicado: 20 julio, 2011 en Kiev

Bueno, pues lo que empecé a bosquejar en mi cabeza mientras hacía el vuelo de ida a Kiev va a tomar forma, si bien con lo inconstante que soy no sé si lo terminaré, aunque lo voy a intentar. Se trata de contar, grosso modo, mis aventuras y desventuras en la capital ucraniana, en la que estoy para estudiar ruso, y principalmente para enseñar español (?). Por supuesto hablaré también de las curiosidades que voy encontrando por aquí, con tal de no hacer de este blog una losa. En fin, voy a ver cómo funciona ésto y empiezo. ¡Nos leemos (o no)!